El tren se detiene en
Jiujiang a las 10:30. Allí, bajo un sol aplastante, intentamos
localizar un medio de transporte que nos acerque a Jingdezhen, desde donde
nos dirigiremos a Wuyuan. Una tropa de taxistas nos persigue
-¡sorprendente!- en su empeño por hacer negocio rápido, pero dos
estudiantes, primero, y un tercero, después, una chica que durante el
verano trabaja en un supermercado y habla inglés, nos aclara la ubicación
de la estación de autobuses y nos acompaña a la misma.
Aproximadamente dos
horas después, nos hallamos en Jingdezhen, y una hora más tarde, en Wuyuan.
Wuyuan es una ciudad
absolutamente prescindible, pero nosotros la hemos elegido como punto de partida
de la visita a cuatro pequeñas localidades rurales -Qinghua,
Da Likeng, Xiaoqi y Xiao Likeng- en las que no queremos pernoctar; rarezas
personales. La guía, sin embargo, recomienda hacerlo.
El hotel, correcto pero
sin pretensiones, se encuentra ubicado frente a la estación de autobuses.
Me desplazo a la PSB - Public Security Bureau a indagar las posibles
opciones para resolver nuestro problema con los visados. El
resultado es francamente pesimista, aunque se abre una posible vía de
solución.
Estos trámites nos hacen
perder mucho tiempo y la situación nos sigue obligando a avanzarnos en el
programa y reducir los tiempos de estancia en cada lugar; el objetivo es
llegar a Shanghai con suficiente antelación como para resolver nuestro
problema antes de la fecha límite de los visados.
Es difícil comer en
Wuyuan; finalmente, Montse cocina para nosotros... ¡en un restaurante!
Por la noche, realizamos
nuestra segunda prueba con los masajes. Esta vez será un masaje de
pies, del que saldremos absolutamente doloridos por la rudeza del mismo.
El masaje se centra en esas extremidades, pero una parte del mismo se
extiende por todo el cuerpo.
Definitivamente,
prefiero la delicadeza occidental.