Pasear por Fenghuang
constituye un ejercicio de relajación, una vez dejadas atrás las
aglomeraciones de las grandes ciudades. Aquí, el transitar de los
turistas chinos no hace sino añadir un grado más de exotismo a esta
población construida a la ribera del río Tuo que, por su tipismo, es
destino vacacional interno.
A lo largo de ambas
orillas, un camino o calle, a veces entrecortado, sirve de guía para
contemplar las fachadas de madera que dan al río. El deambular sólo
es interrumpido por los propietarios de las embarcaciones que ofrecen sus
servicios. Aun consciente de que subyace una intención de negocio,
no puedo sino rendirme a este cuadro, a este paisaje urbano con figuras.
Desde
la avenida que en la ribera sur conduce al puente, el paseo a la derecha
es la ubicación de una tienda que vende copias de posters propagandísticos
de la etapa de Mao; apenas algunos jóvenes se detienen, curiosos, ante
estos vestigios de un pasado evidentemente ajeno a ellos.
Cruzamos
el puente Hong Qiao, cubierto y convertido en portal comercial, donde
abundan los artesanos, los vendedores de recuerdos, y aparece una avenida
que separa el núcleo antiguo en la ribera norte del área "un poco menos
nueva". En sus aceras, un centenar de campesinos ofrecen sus
productos. Montse observa que probablemente hayan transportado ellos
mismos, a sus espaldas, en sus alforjas humanas, las sandías, las
manzanas, las verduras y los tubérculos desde sus granjas.
Luego, cae la tarde y
aparecen los artesanos de efímeros barcos y flores de papel que los
visitantes lanzan al río, tras encender -a modo de farol- sus velas de
cera. En la ribera sur, en la avenida que termina en el puente Hong
Qiao, los propietarios de los puestos de comida comienzan a montar sus
cocinas ambulantes. Y entre el humo y la música de artistas
callejeros, seleccionamos los platos que constituirán nuestra cena.
El día ha sido apacible
y nos apetece complementarlo con una sesión de masaje. Junto a un panel
que informa de ellos, una señora, sandía en mano, nos presta atención y
nos acompaña por una galería, al fondo de la cual hay un local.
Nuestra guía nos muestra dos habitaciones, de mobiliario escaso, pero de
lencería impoluta, y reflexiono sorprendido sobre la naturalidad con que
los masajes se realizan colectivamente. O así debe ser, porque
observo dos camas en una de las habitaciones y tres en la otra.
Discutimos el precio,
pero a mitad de la negociación, un gesto de Montse clarifica la situación
a nuestra guía: estamos en el lugar equivocado; su negocio no son los
masajes, sino el alquiler de habitaciones (se trata de un hostal).
Nos acompaña al local de al lado, al lugar correcto, que no nos convence,
por lo que el masaje queda aplazado.