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Guangzhou

Antes del momento de
pánico que sufriré en la estación de tren, por la tarde, cuando a diez
minutos de la partida de nuestro convoy aún no habremos localizado el andén
correcto, hemos seleccionado dos visitas en Guangzhou (Cantón): el
Mausoleo Nanyue y el Jardín de las Orquídeas.
 
 
Luce un sol espléndido y
he convencido a Arnau de que paseemos hasta allí en vez de coger un taxi. Desde la calle en la que se halla nuestro hotel hasta
el mausoleo, podemos atravesar el parque Liuhua, un recinto de pago muy
popular, con un estanque de varias hectáreas que ocupa el ochenta por ciento
de su superficie, al que los cantoneses acuden a recibir clases de baile,
jugar a ping-pong, badminton, pasear en barca, etc. La jardinería es
una postal y, por ese mismo motivo, el escenario de reportajes
fotográficos de boda para los recién casados.
El Mausoleo Nanyue es,
en realidad, un espacio museístico, un centro de interpretación, como se
dice ahora, creado en torno a la tumba del rey Zhao Mo, que reinó entre el
226 y el 211 a. C. en un pequeño estado independiente del imperio Qin y,
posteriormente, Han.
El centro tiene esa
habilidad, no tan común como pudiera suponérsele a este tipo de recintos, de "ponerte en tu sitio", de
obligarte a tomar
conciencia de qué y cuán poco eres y lo que proporcionalmente representas, no ya en el universo, sino en el
pequeño período temporal que abarca la civilización a la que perteneces. Perdón por extenderme, pero es que me ha impactado, y mucho.
  
Mi memoria ha
guardado ya para siempre las primeras salas con objetos, en su mayoría
recipientes para guardar y verter el vino, dedicadas a las dinastías Xian,
Shan y Zhou, que gobernaron áreas importantes del territorio chino entre
el 2000 a. C. y el 226 a. C., en la Edad de Bronce. La riqueza ornamental y
el diseño se muestran como signos explícitos de una sociedad que habría
alcanzado un notable grado de desarrollo.
A continuación, el mausoleo o
cripta del rey Zhao Mo con distintos espacios; uno para su féretro, otro
para utensilios y dos laterales en los que se han hallado restos de
concubinas incineradas, así como los de un eunuco, supuestamente.
Después, el pabellón
dedicado al tesoro real. Cuando se descubrió el mausoleo, se
hallaron restos de un cuerpo cubierto por pequeñas piezas de jade.
Se ha representado el cuerpo del rey y reconstruido una malla que habría
servido para unir esas piedras formando un vestido, cuya facultad y objeto
sería permitir a quien lo vistiera alcanzar la inmortalidad.

Por último, los restos
del cuerpo del rey, apenas unas briznas que se hallaron adheridas a las
piezas de jade, pero cuya colocación y forma no deja lugar a dudas, ya que
se observan perfectamente las líneas dibujando el tórax. También, un
resto de la mandíbula. Impresionante.
  
El Jardín de las
Orquídeas no es, quizás, la mejor opción si se hace necesario elegir -como es
nuestro caso- por la falta de tiempo. Es, eso sí, un bosque
ajardinado precioso, aunque con escasas flores, situación determinada,
suponemos, por la
época del año en la que nos encontramos. El bullicio -casi
estruendo- de las avenidas cercanas invade excesivamente este espacio que, no obstante, ofrece algunos preciosos rincones.

Hemos tomado un taxi y,
después de comer en el mismo lugar en el que cenamos (excelente, la comida
cantonesa), nos dirigimos al hotel para descansar y salir hacia la
estación de ferrocarril con el
suficiente escaso margen de tiempo como para provocar un amago de infarto.
El tráfico tampoco
ayuda, así que llegamos a la estación a veinte minutos de la partida
del tren. El acceso es toda una epopeya: ¿se habrá iniciado un nuevo
éxodo? Finalmente, ya dentro, las explicaciones y
carteles son tan escasos que estamos a punto de perder el convoy.

Viajamos en literas,
esta vez tipo "soft sleeper", cabinas con cuatro pasajeros. Mientras
jugamos a las cartas en una de las camas superiores, la revisora, la misma
que ya me ha extendido los billetes hasta Jiujiang, discute con la usuaria
de la litera inferior. Es costumbre ocupar éstas con un niño o dos acompañados
de un adulto, pero al hijo de esta señora se le nota que ya
va a la universidad, por lo menos, y por ello se le exige que pague
billete normal, creemos entender.
La discusión transcurre
con normalidad, pero la señora no atiende a razones. Cuando ya he
perdido mi segunda partida de brisca, vuelvo a mirar: ya son tres los
funcionarios del ferrocarril que se amontonan ante nuestra puerta y que
discuten acaloradamente con la pasajera, que sigue impasible y en sus
trece. Entonces, piden refuerzos y, mientras suena de fondo -en el
hilo musical- el disco en chino de Maná (o algo muy parecido), aparece un cuarto
componente que con voz grave y amenazante convence a la pasajera de que
debe pagar la diferencia entre los dos tipos de billete.
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