Nuestra
llegada a Beijing se produce con un día de retraso después del problema de
seguridad en el aeropuerto Charles de Gaulle, en París. Deberemos
adaptar nuestra agenda para no prescindir de las visitas que consideramos
esenciales.
La mañana se nos va en
la llegada al Capital Airport y el desplazamiento a nuestro hotel, un
trayecto en taxi con un coste aproximado de 12 euros. El hotel está
convenientemente situado en el centro histórico de la ciudad, en la zona
conocida como Dongcheng, lo que nos permitirá acceder caminando a la
Ciudad Prohibida. Nos encontramos junto a una comercial avenida que
podríamos comparar con Portal de l'Àngel, en Barcelona, o con la calle
Preciados, en Madrid. Entendemos el reducido precio de la habitación
cuando avistamos el edificio; es como si se encontrara en una isla ajena a
la renovación total de la ciudad, pero no importa, porque evidentemente su
ubicación es una ventaja que vamos a apreciar en los próximos días.
El paseo hasta la Ciudad
Prohibida es una primera toma de contacto con las magnitudes distintivas
del país, donde la población de una ciudad de tamaño
pequeño puede ser del entorno de los seiscientos mil habitantes.
Pero Beijing no es una ciudad pequeña, hoy es domingo y el área de
Tiananmen es un polo de atracción para las masas, así que el acceso al
recinto es el propio de la asistencia a un gran evento deportivo en
nuestra ciudad.
En el interior,
reconoceremos los escenarios que nuestra memoria seleccionó de la
filmografía relativa a China que en contadas ocasiones hemos disfrutado,
aunque la bruma, esa mezcla de polución y atmósfera, no nos va a permitir
capturarlos con todo detalle.
Visitamos por último la
exposición de relojes que a lo largo del tiempo fueron adquiridos o
recibidos como regalo por la dinastía imperial, algunos de los cuales se
hacen sonar en una hora señalada del día (es conveniente consultarlo al
acceder al recinto de la Ciudad Prohibida).
Una nota simpática antes
de llegar a nuestra próxima visita; pintando fachadas al estilo de Beijing
(es broma, por supuesto).
Dificultades para
encontrar un medio de transporte provocan que lleguemos un poco tarde al
Templo del Cielo, pero sí podemos gozar del parque que lo rodea, una
extensión de más de doscientas cincuenta hectáreas, y de su aspecto
exterior.
Las distintas salas,
algunas de las cuales datan del siglo XVI, conforman un espacio
originariamente dedicado a la realización de rituales para rogar por la
obtención de buenas cosechas, entre otros usos.