| |
Qingdao | Con las
Olimpiadas hemos topado
Pues
sí, porque Qingdao ha resultado ser la sede de las pruebas de vela y,
además de vestirla para su lucimiento durante todo el evento, la antorcha
pasará por la ciudad. Y lo hará precisamente hoy, por lo que
avenidas principales y áreas completas, como nuestra maravillosa Playa
número 1, se encuentran bajo total control de la policía, imagino que
siguiendo un protocolo que evite las avalanchas (no sé si lo he dicho ya,
pero no me importa repetirlo: la policía china, en su actuación, es
irreprochablemente racional. Fría, puede, pero irreprochablemente
racional; desde nuestra experiencia, claro).
Así que nuestro día de
playa tendrá que esperar; aún así, vencemos algunos de los arcos
policiales y conseguimos llegar hasta el lugar en el que finaliza la Playa
número 1; toda la bahía está repleta de embarcaciones de vela ligera que
forman parte del evento y millares de chinos ondean sus banderolas.
El paseo da lugar a saborear una de las zonas residenciales que imagino
favoritas de los
qindaenses, con tranquilas y arboladas calles en las que abundan viviendas
individuales.
Cuando finaliza el
evento, los cercos se rompen y seguimos paseando hasta alcanzar la Playa
número 2, muy poco preparada para los bañistas, con un intenso olor a
algas y algunos puestos de bebida en clara decadencia. Descansamos y
retomamos el camino, esta vez en taxi, que nos acerca hasta la Playa
número 3, y al paseo que conforma la fachada marítima del nuevo
Qindao,
con sus rascacielos y sus grandes centros comerciales y oficinas.
Comemos en una calle muy cercana a un centro Carrefour; es una corta
avenida, en realidad, con abundante oferta gastronómica en ella misma o en
las inmediaciones. Nos paramos en el primer restaurante para comer
gambas, almejas y algo de pescado, exquisito y acompañado de cerveza
Tsindao de barril, que saboreamos en tres variedades (o eso nos dicen).
Hay que recordar que la fábrica de cerveza Tsindao fue fundada aquí, en
esta ciudad, durante la ocupación alemana.
Después, regresamos al
hotel para comprobar que los actos pre-olímpicos han dado paso a la
ocupación de la playa por centenares de bañistas ajenos a la ausencia de
sol y a la noche en ciernes. El servicio de megafonía difunde las
reglas de uso y prohibiciones vigentes en la playa, como, ejemplo, la de
jugar con la pelota. Un guardia nos advierte de ello e interrumpe
nuestro improvisado partido de volley-playa con dos niños autóctonos.
De las casetas cercanas emergen nuevos bañistas a cada instante, ya
vestidos con singulares trajes de baño, especialmente ellas. La
playa no es de pendiente pronunciada, así que el peligro es escaso.
Sin embargo, Arnau observa acertadamente que la mayor parte de los niños,
e incluso algunos adultos, utilizan flotadores, que es una actividad de
negocio en la playa; constatamos el alquiler de algunas piezas que llevan
impreso "Círculo de Lectores", y que supongo restos de fábrica que nunca
viajaron a Barcelona.
Como toda playa que se
precie, la nuestra dispone de varios chiringuitos; nos chupamos los dedos
con algunos pinchos de gambas y una cervecita Tsindao. Después, caminamos
en dirección al oeste, hacia la ciudad vieja, porque en mi paseo de media
tarde he descubierto multitud de pequeños restaurantes locales en el
camino. En uno de ellos, volvemos a apostar por lo ya conocido:
gambas, almejas y cerveza de barril. La noche ha caído por completo,
pero, al regresar, la playa continúa completamente iluminada y repleta de
bañistas.
|
|