Tras descansar y ya
mucho más relajados, nos dirigimos al Bund para realizar algunas compras y
visitar los Jardines de Yuyuan, un laberíntico espacio que sigue los
esquemas paisajísticos Quing, y en cuya construcción -lagos, edificios y
jardines- se empleó más de treinta años.
Fuera del muro que lo
circunda, la vida comercial transcurre agitadamente; es un área muy
turística, y así lo pagamos en el Café de París, donde lo único destacable
es la amabilidad y el esfuerzo de la camarera rubia -y europea- por
atendernos en español.
Un taxi nos acerca a la
Torre Jinmao, en el Pudong, en la otra orilla, donde por primera vez en
nuestra vida subiremos a un rascacielos, concretamente a su última planta,
la ochenta y ocho.
La Torre Jinmao es una
de los rascacielos más altos del mundo, aunque sus dimensiones récord han
sido vapuleadas por el Burj Dubai, en los Emiratos Árabes, que,
prácticamente, dobla el número de plantas y metros de altura.
Para nosotros, no
obstante, la experiencia es magnífica, y comienza ya con la subida en
ascensor, casi imperceptible, excepto para nuestros oídos, que zumban sin
cesar. Una vez arriba, impresionantes vistas, únicamente reducidas
por la fina lluvia que amenaza el cielo de Shanghai.
Permanecemos algún
tiempo a la espera de que anochezca y así tomar algunas fotografías.
Conocemos a dos burgaleses. Viajan con un grupo folclórico que ha
venido a participar en un festival, en una villa cercana a Shanghai.
Uno de ellos toca la dulzaina; el otro, instrumentos de percusión, aunque
también nos deleita con una melodía interpretada con un pequeño
instrumento de viento que porta en su cuello. Además, nos explica
dos chistes que, de verdad, nos hicieron tanta gracia que no me resisto a
reproducirlos:
-¿Cuántas estaciones
tiene Burgos? -Dos: la del tren y la de invierno.
-¿Cómo se reconoce a un
burgalés en una playa nudista? -Porque lleva una rebeca en el brazo,
"por si refresca".
Cruzamos el río en
ferry, en una línea de transporte público, tras pelearnos con la manada de
chinos que, como ha venido resultando habitual, insiste en avanzarnos y
llegar primero que nosotros a los asientos del barco.
Ya en el Bund, queremos
deleitarnos con un breve crucero por el río Huangpu, de los muchos que
pasean por la zona más iluminada, espectacular y cercana tanto al Bund,
como al Pudong, y así lo hacemos, bajo la lluvia intermitente.
¿Cómo no comprender la
atracción que las grandes metrópolis provocan en los humanos?
La aventura final del
día la constituye la búsqueda de un taxi para el regreso al hotel.
Aquí, más que en ningún otro lugar de China, he tenido la certeza de que,
en el fondo, no somos sino una molestia para la mayor parte de su
población. No cuentan con nosotros; no somos importantes para ellos,
ni siquiera como parte del negocio turístico.
Después de golpear y dar
patadas a un taxi cuyo avispado conductor no aceptaba hacer funcionar el
taxímetro, y después de dar un paraguazo a otro vehículo que, simplemente,
se negó a llevarnos, logramos regresar en un tercero hasta nuestro hotel,
cruzando -una vez más- la ciudad, la inmensa e intensa ciudad.