Aunque habíamos
descartado inicialmente el recorrido en bicicleta (algunos de nosotros
tenemos ciertas dificultades con ella), un razonamiento en frío nos lleva
a la conclusión de que un circuito en vehículo de motor no tendrá el mismo
encanto. Y así, alquilamos un tándem y una bicicleta, además de contratar
los servicios de una joven de la localidad que se ha ofrecido como guía.
El sol, hasta ahora
ausente en gran parte de nuestro viaje, luce sin compasión, pero
afortunadamente nos hemos cubierto de crema protectora.
En algunas guías, se
menciona la visita a la Colina de la Luna (Moon Hill) como un recorrido
independiente, como una excursión de un día. A continuación, se
habla de un recorrido junto al río Yulong también como excursión de un
día. Sin prisas, se puede combinar, y así lo ha hecho nuestra
acompañante, tomando la carretera de salida hacia Guilin para girar
posteriormente a la izquierda en un camino, todo ello rodeados de las
formaciones o montículos típicos. Después, los arrozales y el río
con sus instalaciones dedicadas a los paseos en barca o en balsa.
Algunos kilómetros más
adelante, se cruza la carretera que, a la izquierda, lleva a Yangshuo y, a
la derecha, a la Colina de la Luna, pasado un puente sobre el río y
avanzando algún kilómetro más.
Es temprano para comer,
así que tomamos unas cervezas en el bar del recinto de acceso a la colina
e iniciamos la excursión a través de la escalinata que conduce a la cima.
Nos dicen que un viajero ha contabilizado mil doscientos setenta
escalones, pero Arnau los contará en el descenso y apenas si alcanzan los
setecientos. El calor y la humedad, eso sí, exigen un gran esfuerzo
y provocan una fatiga excepcional, únicamente soportable porque toda la
ascensión discurre entre bambú.
Cuando alcanzamos la
última plataforma de descanso, las vistas que contemplamos compensan el
cansancio. A la entrada, habíamos observados a unas ancianas que
vendían bebidas que mantienen frías en improvisadas neveras de poliespan;
una de ellas ha acompañado a dos turistas autóctonos hasta la cima y los
abanica con un pay-pay. Esta es su rutina diaria: ascender y
descender a la espera de una compensación económica.
Abrimos nuestras
botellas de agua y, al acabarlas, la anciana nos pide los envases. Alguien
nos ha explicado que es una ocupación habitual la recogida de material
reciclable para su posterior venta.
Me atrevo por un camino
que asciende hasta el punto más elevado y eso me permite tomar una
panorámica de trescientos sesenta grados sobre el bosque de colinas.
Descendemos y comemos en
el mismo restaurante; el plato local es pescado de río cocinado con
cerveza; exquisito. De pronto, la lluvia cae con estrépito, pero no
importa, porque la luz del paraje es ideal para la contemplación de la
Colina de la Luna.
Regresan algunos
viajeros totalmente empapados, sorprendidos por el chaparrón durante el
descenso. Subimos a las bicicletas en un momento de calma e
iniciamos el regreso; en la carretera volvemos a mojarnos, porque, de
nuevo, la lluvia cae con mansedumbre, pero sin descanso. En el
puente del río Yulong, el mismo que hemos cruzado en la ida, una última
fotografía inmortalizará el día en el que Arnau ha montado por primera vez
en bicicleta.
De noche, nos sumergimos
en el ambiente festivo -guiri, guiri, guiri- de la calle Xien Jie y sus
inmediaciones para comer a la manera occidental.